Serie de testimonios: “Déjenme ser Testigo”

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Serie de testimonios: “Déjenme ser Testigo”

Conocí a “Ellacu”, en circunstancias maravillosas. Era su alumno en la clase de filosofía en la UCA  y,  todos estábamos a la expectativa de oír de  un filósofo,  su pensamiento sobre la realidad. Tuve la gran oportunidad de que se me incluyese en ese curso, con varios estudiantes, jesuitas, que llevaban un grado más que yo, en sus estudios y, con gente que siempre recordaré. 

Había en esa cátedra, un filón de polvo puro en oro espiritual. Me sentía muy cerca de la “kenosis”, eso que los griegos llamaban “autovaciamiento”.

Sí, nos vaciaba en la clase y nos llenaba de una forma diferente de conocimiento científico. Era una manera de conocer la realidad, enfrentar la realidad, de confrontar la realidad, de habérselas con ella, para luego cargar con la realidad y, que la realidad no cargase con nosotros.

Así comencé mi camino de amistad con “Ellacu”.

También nos reuníamos en una casa en los Planes de Renderos, contiguo a la casa de Salarrué. Allí cenábamos, los anfitriones, procuraban una cena frugal, para darnos tiempo de que “Ellacu” nos oyese. Y, admiraba muchísimo su capacidad de oír. Sí, cada uno (unos nueve en total), hablábamos de los tópicos más disímiles. Después de oírnos durante la cena, “Ellacu” decía, alguna frase que abarcaba los tópicos y después pasábamos al acostumbrado paseo dentro de las calles del Parque Balboa, a unos pocos metros de aquella casa. 

En esos paseos en los que él hablaba y nosotros escuchábamos nos enseñó a re-ligarnos con la realidad, pero de otra manera, no como lo estábamos, hasta ese momento. “Religar” de “re-ligare”, o sea volverse a ligar con la vida de una forma diferente, que incluyese el compromiso de nuestro quehacer familiar, estudiantil, esencial y no fenoménico de lo que vivíamos, como alumnos de una universidad que entraba a su primera edad de la razón de ser: Una posibilidad ante la alternativa de no autorrealizarnos como seres humanos. Dentro de la “UCA”. (calificada como “la femenina”, en alusión a lo femenil, para muchos de la universidad de el salvador).

Aquélla catedra de “Ellacu”, era entonces un taller de pensamiento, taller, no academia, no escuela; elaborar pensamiento era tarea del discípulo, en la clase se radicalizaba todo concepto. Los compañeros eran unas personas muy maduras y la clase se desarrollaba como “Ellacu” deseaba.

Se convirtió en nuestro gran compañero. Llegar a la “UCA” era para quedarse la tarde, o pasada la noche. Allí aprendí el arte de oír, de conversar.

La “relaboración” de la realidad, se basó más en el concepto del filósofo posmoderno alemán Jurgen Habermas. Es decir que partimos de que la historia la hacemos nosotros y, los filósofos la piensan. El relaborar consiste en deconstruir la realidad y, armarla de nuevo, no como la explican los medios de comunicación sino, dentro de la descripción del “cómo” la manosean, de Chomsky. Fuera de esto nos encargaba la responsabilidad de crear ensayos que “Ellacu”, nos verificaba en su cátedra.

Aquél polvo de oro espiritual, no lo habíamos internalizado totalmente, como lo requería “Ellacu”. Así que vino la cátedra de “realidad nacional”. Pues había que internalizar las pautas y exteriorizar contenidos. Fue una verdadera cátedra de la Realidad Real.

La guerra ya contaba con numerosas víctimas. No éramos ajenos a ella. Cargar con la realidad era una responsabilidad aprehendida en las relaciones con los jesuitas. En la cátedra de Realidad Nacional.

Así que entramos en la edad de las impresiones amargas; con la impronta de no dejar que la amargura entrara en nuestra humanitas.

Aprendí que el cuerpo se convierte en moneda de cambio: ante esta situación – el internalizar pautas y exteriorizar contenidos-  me hice la idea de cómo la guerra deshumaniza al ser humano.  Y, que hay que testimoniar estas formas de deshumanización. Además de que tenemos la obligación de procurar que no sucedan, es un deber cívico.

Pero lo aprehendí de la peor manera: mi hermana mayor y su esposo fueron secuestrados, de su casa de habitación, por soldados del ejército. Vivían a dos cuadras de donde residía yo, a las dos de la mañana, de viernes para sábado, los sacaron de su casa. Mi cuñado nunca fue encontrado, mi hermana murió de tristeza y de cáncer en el colon, siete años después de andarlo buscando junto conmigo.

Anterior a este acto, había tenido lugar un choque de guerrilleros y el ejército. Aquellos se encontraban en una casa de habitación sencilla. Los de inteligencia gubernamental los localizaron.

Llegaron a rodearlos a las cinco de la tarde: comenzó una cantidad de disparos contra aquella casita, que era algo inédito en la vida de los pobladores de Santa Tecla. La balacera, metralleta, los cohetes, contra la vivienda eran desproporcionadísimos. Los de dentro de la casa disparaban sus pistolas. Quizá no tenían nada más. Los soldados se subieron al techo, pusieron cargas explosivas, horadaron el mismo. Pero los de adentro no se rindieron. Llegaron tanques de artillería pesada.

Aquello duró hasta la mañana siguiente. Los “muchachos” no se rendían y le dieron fuego a toda la casa, con lanzallamas. Allí murieron. Dejaban nada más unas frases escritas con sangre en las dos paredes de la casa que quedaban aún de pie. Toda la gente que vio esto se quedó aterrorizada. Toda Santa Tecla – a excepción de los acaudalados – quedaron como en una especie de cuestionamiento, de que si eso era, lo que nos esperaba a los que no pensábamos como los del ejército o el gobierno.

Allí nacieron mis primeros apuntes. Nunca los enseñé, porque observaba que había gente alrededor mía que me decía que era maravilloso que murieran así, los comunistas. Que merecían más. Recuerdo, cómo me preocupó aún más que personas que consideraba “humanistas”, no condenaran estos hechos: callaban con cierta complicidad.

Así que mis primeros testimonios de la serie “epístola nuncupatoria”: “déjeme ser testigo”, (del lat. Nuncupāre, poner o dar nombre a algo, y –torio…), nacieron a la luz de un esfuerzo de sacar los demonios que internalicé de las pautas que penetraron en mi humanidad y que sólo al exteriorizarlas como contenidos, de un testigo que quiere dejar constancia de esa deshumanización crea esas imágenes que tan solo quieren testimoniar.

¿cómo las comencé a realizar? …. Pues acá se presenta ante mí el magisterio de “Ellacu”: estaba yo un poco triste, por la cantidad de emociones sin salir de mí que me agobiaban. Él, me dijo, … “creo que debes de dibujar más, debes de sacar esos demonios de tu naturaleza zen”… debes enseñarnos cómo siente  el humanista esta deshumanización.

Es más, me dijo quiero verlos. Llegaré a tu estudio, el lunes próximo y me los enseñas. Llegó y volvió a llegar, durante los siguientes nueve lunes de cada semana, sin pactar más que un almuerzo liviano, juntos en el estudio.

Uno de esos lunes, creo que el tercero, me dio la noticia de que se le había ocurrido de que esos dibujos, formarían parte de la capilla Monseñor Romero de la “UCA”. Sí, que …serían catorce a escoger y que formarían el “vía crucis del pueblo salvadoreño”

Para entonces con tantas miradas a la “humanitas feritas o barbaritas”… durante la búsqueda de mi cuñado, las cuales realizábamos, con mi hermana, cuando nos avisaban que habían cadáveres en las carreteras, o  en “el playón”, o en algunos otros sitios de fuera de la capital y, en las morgues…ya tenía suficientes apuntes para desarrollar la serie de dibujos.

Usé tinta aguada, acuarela, carboncillo, pasteles, lápiz, bolígrafo, sumie, sanguina, lápiz conté, y algunas otras medias secas y húmedas para que aquél papel blanco (la nada), enfrentado, a solas en mi estudio, se convirtiera en algo que mi memoria heredaría a la humanitas, dejándome ser testigo. Testigo de una de las más terribles acciones que el hombre puede llegar a realizar: su deshumanización.

Roberto Huezo. Autor de la serie

“Dejénme Ser Testigo”

“Let Me be Whitness”.

Maestro Roberto Huezo.

Mi generoso amigo: Apenas empieza este año quiero darle mil gracias por su precioso – dolorosísimo – dibujo.

Tiene, sin duda, el mismo temple que “Los Fusilamientos” de Goya

Es triste que seamos tan poco suaves las gentes y tan crueles.

Pienso en San Salvador, más que en el “golfo”, porque tiene ese trocito bello de tierra un encanto especial y una finura exquisita que ustedes, gente buena si la hay, se la contagian.

Con admiración y afecto.

Carmen C. de Zubiri.

Categorías: Textos

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