La Soledad en el Dibujar.

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La Soledad en el Dibujar.

Siempre aparecen como el impulso de un ritual que es el dibujar en el atelier, la modelo, el modelo, ellos con sus francas imágenes tan humanas,  ser modelo es así. 

Como una evocación de lo sensual: no solo erótica. Ese incentivo se encuentra  como desiderata, casi en todos mis dibujos del desnudo. Es una génesis, una concepción de mi obra dibujistica y pictórica de los desnudos. Es una lectura de su cuerpo, sus cicatrices del tiempo, sus cambios de piel. No es un trabajo, quizá sea una disciplina para las caricias, con las cuales uno sugiere en el papel, tiernamente, dejando un registro de mi energía en el papel con  la línea del lápiz o cualquier tipo de herramienta.  Para el dibujo, los hay y muchos. Así se enfrentan a mí como frente a un espejo:

Los cuerpos tal como son. Con sus huellas y heridas del tiempo.

Pero también la visión que tiene uno de sí mismo,

Lo que no ves en el reverso de tu espejo. Si, Tus verdaderas cicatrices.

Hay un erotismo con ternura, mucha ternura. Paciencia y amor disciplinado. Sublimados. Apasionados. Esos cuerpos que se presentan, con los dolores de la vida, su soledad, sus mundos angustiados por la realidad, con historia y praxis concreta, de sabiduría y de vida, alegres o tristes, abrumados. Pero allí están los modelos, bellos y tan disciplinados,  mejor que yo.

Esos cuerpos que antes son cuerpos y después son paisaje,  invitan a la ternura, a una visión  que siendo contemplativa no le deja espacio a la hosquedad, destemplanza, hostilidad sexual: dibujados.

Tiernamente acariciados, con el lápiz y el carboncillo sobre el papel: senos, nalgas, pezones, dedos, manos, pies, ombligos, codos, piernas, brazos, bocas, labios, narices, ojos, orejas, cabellos, cejas, partes de ése ahora cuerpo convertido en paisaje, me invitan, atraen, me estimulan a la ternura _ insisto_ entre el papel y el pintor que soy. Para concretarse una vez más dejando mi energía en el dibujo como un registro de este encuentro cuyo soporte es el papel.

Siempre hay una atmósfera, un ambiente que nos rodea, en el atelier, y tenemos tiempos distintos, recuerdos diferentes y mucha nostalgia, siempre aparece la nostalgia. También la solidaridad.

Veo y visito mucho al dibujo clásico, porque me disciplina el ir por esos callejones antiguos_ ahora tan poco recorridos_ hacia lo clásico. Porque es un viaje al pasado que siempre termina enseñando algo nuevo, por ello ese viaje al pasado es un progreso. Y sí, es una añoranza por el clasicismo, por lo menos para mí. Logro ver que el desnudo clásico es idealista, es erótico, en apariencia. Mi trabajo es en apariencia erótico realista.

Uno, por ejemplo, realiza una aguada con negro de humo, y ese erotismo se le viene encima, esos senos, glúteos, piernas, pies, emergen dando paso a las tonalidades, que siendo tan diferentes, con tanta variedad, uno tiene  que lograr esa unidad de todos sus componentes, que configuran el cuerpo masculino o femenino. Todo esto en la más absoluta intimidad.

El dibujo es un registro de un lenguaje muy íntimo, solo puede verse, ése registro de la energía, en ése papel ya trazado que con su tiempo se transfigura en forma significativa. Y el observador  del dibujo, el que sabe y ha aprendido a ver, en el papel. Logra ver ése registro íntimo, y lo calla. Quizá  se dice a sí mismo cuán semejante es con la realidad.

Así, entre el modelo y el pintor esa intimidad queda relegada, desterrada, extrañada, confinada a un sentido ritualístico. Sin negar que ese momento sea un gran banquete para los sentidos. Y, no solo es exclusivo del femenino. El modelo masculino sea joven o adulto mayor, tienen vidas, historias, relatos escritos en sus cuerpos, y esos cuerpos cambian con los días, los meses, los años sus heridas, cicatrices y alegrías.

Comenzar una sesión con una sonrisa, con una leve muestra de cansancio, una pose que no es pose, da la pauta para su inicio. Ni el modelo ni yo somos los mismos, después de una sesión de dibujo.

En el ritual del modelaje, la modelo y su ineludible baño, son un ritual que se hace cotidiano. El desvestirse y el caudal de la regadera, cuando comienza su baño se convierte en un arroyo de agua, que solo es interrumpido por las frases ¿Quiere que me moje el cabello? ¿Me puedo lavar con este champú? ¿Me presta otra toalla para mi cabello porfa?

El desvestirse y el vestirse son un mantra visual. Se repite antes y después de cada sesión de modelaje. Todo en una envoltura de inocencia… o aparentemente inocente… el eros funciona de mil maneras diferentes. Terminada la sesión, todo entra en caída libre hacia el olvido.

Uno de pintor y dibujante se queda escogiendo los bocetos, para comenzar el verdadero trabajo de esa sesión de dibujo. Y se necesita de la soledad. Esa maravillosa compañera que no deja que uno este solo para lograr un buen dibujo.

ROBERTO HUEZO. ATELIER  DE LOS PLANES DE RENDEROS Y ATELIER DE ALTAMIRA. 1998 _ 2014.

Categorías: Textos

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