Cobo Borda crítico de arte colombiano… Sobre gotas y corrugados…

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La mirada que fluye.

Papeles Arrugados papeles grises desplegando sobre la tersa superficie su relieve sin fin. Su ondulado mar de luz y sombra. Primera deducción; la habilidad pasmosa del artista. Su riguroso taller para exaltar lo insignificante.

Si los clásicos – Zurbarán, por ejemplo – hacían de un manto una apología de lo divino, aquí, un óleo que semeja un dibujo, llega a sacralizar, en su obsesión visual, en su fijeza creativa, el desecho más nimio.

Pero el papel es, como no, un pretexto. Puede alargarse, ad infinitum, en el gris, pero también concentrarse, vertical u horizontalmente, en azules, verdes y amarillos. En sombríos mundos que vamos siguiendo, poco a poco, para descubrir allí como esa geología de montañas y bahías, de dunas y abismos; no tiene otra referencia que ella misma. La pintura es cosa mental. Ni los Papas ni las Venus, ni los santos ni los fusilados, existieron. Solo la atrevida mano de un hombre soñando, sobre el papel, la posibilidad de hacer perdurable esa nada.

Así, de este modo, las figuras han desaparecido y la única creación posible es la materia misma. El soporte del cual antes emanaban las figuras. El papel consustanciado con la tela que lo alberga. El ojo proyecta ante esas irregularidades matizadas, los dioses que saturaban su cabeza. No vemos nada. Apenas el infinito papel arruado sobre el cual se escribe nuestra vida.

Pero hay aquí un cambio súbito. Cuando nos acostumbramos a la saturación visual de esos papeles obsesivos, la tela, como un cielo del cual se hubiera barrido toda nube, se despeja y queda limpia. Es apenas una superficie tersa que respira y de la cual van manando, una a una, ambiguas, cristalinas, las más transparentes gotas de agua. Cuarzos congelados que aun fluyen.

Asombrosa fidelidad a lo que está a punto de deshacerse y que, en ese instante, en ese infinitesimal momento, queda fijo para siempre. La lagrima que nunca termina de caer y que nos ha limpiado para siempre nuestros ojos turbios.

Concierto alegre en el repiqueteo de la lluvia.

Toda esa música irregular de pequeñas revelaciones inminentes, que no se producen, y que por ello mismo aseguran el milagro estético; la sensibilidad enriquecida.

Rapto y oficio. Originalidad y rutina. Entre el oscuro papel manchado con nuestras manías y el limpio asombro de infinitas gotas. Siempre, distintas, que jamás se deslíen, esta muestra vuelve a comunicarnos, desde Centroamérica, el puro milagro de la pintura. Vuelve real lo lo que solo el pulso del pintor decreta que existe.

Bogotá, Colombia. Abril de 1991
J. G. Cobo Borda.
J. G. Cobo Borda.

Categorías: Textos

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